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Creo que con el título, muchos ya se imaginarán de qué se trata cuando hablamos del mecánico en la lista de contactos. Claro, ya existe una gran variedad de profesiones para engañar al enemigo, como, por ejemplo, en el caso de una historia que conocí hace poco, alguien tenía a la moza guardada como «papelería». Así que puede ser cualquiera, aunque no nos pongamos tóxicas porque, si no, cualquier contacto podría ser motivo de sospecha.

La historia de Eliza no es precisamente sobre el mecánico, como indica el título de este blog. El contacto era «Manuel, abogado». Ese Manuel llamaba a horas inoportunas, especialmente las noches de fines de semana. Pero como era «el abogado», cualquier momento era bueno para llamar, y más si trabajas en una multinacional con sedes en diferentes países y no puedes controlar el horario. Este «gran empleado» llamaba para comunicar temas de la compañía.

Eliza era una mujer tranquila, pero ojo, no hay que abusar de la tranquilidad ni de la supuesta despreocupación de una mujer en estos temas. Eso no significa que no tenga la capacidad de reconocer ese sexto sentido que por lo general tenemos las mujeres y su «alma de bruja» para percibir esas corazonadas que nos indican que algo anda mal.

El novio de Eliza viajaba constantemente, pero eso no era problema para ella. Sin embargo, comenzó a notar comportamientos extraños: las llamadas del abogado a altas horas de la noche que tenía que atender en privado. Cada una de esas cosas las percibía Eliza y, de vez en cuando, le preguntaba a su novio: «¿Todo está bien?», «¿Te pasa algo?». A lo que él respondía que nada pasaba, que eran solo temas de trabajo y por eso estaba tan preocupado, y tenía que atender a Manuel sin importar la hora. Pero había algo que no le cuadraba a ella; no entendía qué, pero no le cuadraba.

Un fin de semana que el novio de Eliza no tuvo que viajar, se fueron de fiesta hasta tarde y él se pasó de tragos. Cuando se fueron a dormir, cayó como una piedra y Eliza comenzó a escuchar que el celular notificaba mensajes y mensajes, demasiado seguido. No podía leerlos; parecía ser el «abogado» Manuel. Hasta que el abogado no aguantó más y marcó, a lo que Eliza aprovechó y contestó. Se fue despacio al baño y escuchó que Manuel tenía una voz muy femenina que saludaba: «¡Hola, mi amor! ¿Por qué no contestabas mis mensajes?». A Eliza se le congeló el alma y habló: «Hola, soy Eliza, la novia, ¿con quién hablo?». Creo que al otro lado también debió pasar un escalofrío de terror al escuchar la voz de Eliza y sus palabras. La mujer contestó: «Soy Julanita y soy la novia del tipo en cuestión». De ahí en adelante, esa llamada no fue más que una conversación formal entre dos mujeres engañadas, que con madurez lograron conocerse y destapar todas las mentiras de este tipo. No siempre las historias tienen este mismo desenlace; hay mujeres que se odian, se insultan, en fin. Pero cuando ambas han sido víctimas de la misma mentira, donde no se sabe cuál es la «oficial» o la «moza», pues no queda más remedio que tener la madurez mental para enfrentar la situación. Eso sí, primero, inteligentemente, deben ponerse en contexto de todo: cuánto tiempo llevan, qué mentiras le decía a la una y a la otra, para saber con qué clase de rufián se están enfrentando. Porque un tipo que es capaz de sostener dos relaciones paralelas y sin causar mucha sospecha es capaz de crear miles de engaños. Por eso, en el momento del reclamo, se convierten en esos temibles ególatras que te cambian la torta y, al final, tú les terminas debiendo.

El final no es feliz, pues ambas mujeres quedaron destrozadas y engañadas, pero tranquilas de terminar una relación que era solo una fachada. Pero el mensaje va más allá: ¿hasta dónde puedes negociar como mujer tu tranquilidad? Lo pregunto porque hay mujeres que, después de desenmascarar a quien las ha engañado, se siguen enganchando en esa relación que al final no tiene futuro. Y me pregunto, ¿qué se puede esperar de una persona que no te respeta ni ama lo suficiente, que requiere de una tercera persona en la relación?

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