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Cuando somos jóvenes, en ocasiones creemos que somos inmortales, pero más que inmortales, consideramos que somos intocables ante cualquier mal o enfermedad. Por eso, en ocasiones, nos alimentamos mal, exageramos en horas de bronceo bajo un sol de mediodía, tomamos alcohol como si no hubiera un mañana, trasnochamos y le dedicamos pocas horas de descanso al cuerpo, hasta que el tiempo, los años y demás nos pasan la factura. En mi caso, siempre me dieron pereza los doctores; ir donde una persona a contarle las dolencias del cuerpo era tan incómodo para mí como cuando se va al psicólogo y se cuentan las dolencias del alma, porque siento que no es igual describir un sentimiento o una sensación de dolor ante un ser que quizás es ajeno al mismo o no lo ha vivido.

No veo mal a los doctores, porque no se debe generalizar, pero me incomodaba que me miraran con cara inquisidora de por qué estaba enferma. Así que, ante cualquier acetaminofén, mejor iba a la farmacia y compraba lo que ya es costumbre en muchos médicos formular. Cuando llegué a mis 40, pensaba que ya iba a tener mi vida solucionada en cuanto a dinero, amor, trabajo, familia; en fin, que solo era llegar a la casa después de trabajar y disfrutar de la familia. Pero no siempre todo es como planeamos. Sufrí por una sociedad en la que me metí sin reconocer el valor de mi trabajo. Comencé a trabajar en un empleo que no me paga lo que debería, y aun así seguí, seguí para poder mantener de alguna manera mi nivel de vida, que era cómodo, más nunca de lujos. Pero nada, entonces comenzaron los recortes, pues era más lo que le pagaba al gobierno en impuestos que lo que me llegaba para poder tener una vida un poco más cómoda. Fue así como lo primero que recorté fue mi póliza de salud, y así sucesivamente.

Antes de cancelar mi póliza de salud, tuve un año muy difícil de gripes, las cuales justificaba no por mis bajas defensas y estrés, sino porque tenía que bajar y subir a diario de una ciudad a otra para ir a trabajar desde temprano en la mañana y regresar tarde en la noche, y encontrar dormida a mi niña, que ya le decía «mamá» a la empleada, empleada que a los meses, también por recortes de presupuesto, me tocó prescindir, y revisar cómo entre el jardín, mi esposo, yo y uno que otro familiar nos ayudaríamos a cuidar a la niña mientras trabajábamos.

Al final, al no irse esa tos constante y las gripes, decidí llamar a la póliza para un médico en casa, quien, al revisarme, como siempre, formuló su antibiótico, picos y chao. Pero antes de irse, le mostré que en mi boca había salido una bolita entre la encía y el pliegue del labio adentro. El doctor dijo: «Es un ganglio inflamado», pero no investigué ni cuestioné; él, finalmente, era el doctor. Fueron pasando los meses, me recuperé de la gripe, pero el ganglio nunca se fue.

A los ocho meses, cuando ya no tenía cómo pagar mi póliza, la cancelé y comencé a ir, como cualquier mortal, a las citas con la EPS. Al volver, pedí cita de rutina por achaques que justifico son de la edad y le volví a comentar al médico de turno sobre mi bolita. Él comentó: «¿Ganglio? Ahí no tenemos ganglios». Me autorizó una radiografía maxilofacial y que pidiera cita médica con el odontólogo; cosa que me alegró, ya que por fin un médico me solicitaba y autorizaba un examen sin tener que poner cara de cordero degollado o exagerar en mi enfermedad, pues ese es el modus operandi de los que están acostumbrados a las asistencias por la EPS, para que por lo menos los miren con un poco más de compasión o dignidad.

Cuando salió la radiografía, comenzó el trauma para pedir una cita. Un mes después, tengo la cita con el odontólogo, quien revisa la radiografía y me remite a que, primero, por el orden en que se ejecutan los procesos en las EPS, debo separar una cita de profilaxis. En la profilaxis, como siempre, me felicitan por mi limpieza de los dientes. Cabe aclarar que antes iba cada seis meses, por particular, muy sagradamente a hacérmela, pero, como les comenté anteriormente, por la situación económica no pude seguir en privado y, como cualquier cristiano, seguí con las largas esperas en citas con la EPS.

Cuando por fin terminaron la limpieza, entraron a revisar nuevamente la radiografía y decidieron internamente tomarme otra y solicitar cita con el endodoncista, pues no recordaba que, precisamente en el diente donde se encontraba la bolita, había tenido hace más de 20 años un tratamiento de endodoncia que hasta la fecha no había reportado novedad.

Finalmente, en la cita del endodoncista, abre y encuentra una infección tremenda en el diente, por lo que debe dejarlo abierto con medicina para esperar a que eso desinflame, pues estaba directamente relacionada con la bolita, y se había dejado pasar varios meses una infección que estaba haciendo de las suyas allá adentro.

Con el diente abierto, no podía comer de ese lado por unos días, pero la falta de costumbre me hizo olvidar. Con la mordida de un pan, oigan bien, de un pan, el diente se partió. Salí de urgencias a la EPS, y la odontóloga de turno, sin dolor, pues debe ser que está acostumbrada a dar esas noticias a personas con dentadura sana, dijo que se había quebrado la muela. Pero lo más cínico fue la manera en que me respondió cuando le dije: «Doctora, ¿y qué tomo para el dolor mientras me ve nuevamente el endodoncista?». Ella respondió, con cara de incomodidad (quizás no ama su trabajo o realmente odia a la gente), diciendo: «¿Usted qué toma para el dolor? (pausa) Acetaminofén, ¿cierto?» (subió la ceja) «Pues tome eso mismo».

Con el dolor de haber perdido parte de un diente, una infección que aún no tenía salida y con una cara de esas, sin contar con la cotización que pidió que revisara y que me iban a pasar en recepción, la cual sumaba una cantidad considerable en ese momento para mí, pues debían ponerme un perno y una corona en ese diente. Salí con dolor, tristeza y decepción. En fin, llorar era la única manera de desahogar mi pena: llorar y llorar.

Se llegó nuevamente la cita con el endodoncista, quien sacó el chiste del pan, pues para ellos era un chiste y creían que mentía al decir que había sido un pan. Pero lo fue, y no un pan baguette, sino un pan de chocolate. Terminó la endodoncia y puso más antibiótico, ya que la bolita no bajaba, diciendo que eso, más otros antibióticos que debía tomar por cinco días, ayudarían a que la bolita disminuyera. Sin embargo, si no bajaba, pedía una tomografía, pues podía ser que tuviera una fractura de hueso. Escuchar eso fue lo peor para mí, mientras me programaban una cita con la periodoncia para ver qué se podía hacer con mi diente si aún estaba sano y no tener que sacarlo del todo.

Entre citas y citas, al final salió el resultado de la tomografía, que decía que tenía una fractura, y no pequeña, y que la infección había hecho un hueco en el hueso, lo que sugería sacar el diente, limpiar la infección, poner hueso, perno y corona. El costo total en la EPS era de unos cuantos millones de pesos, pues eso no lo cubren ellos. Sin embargo, entre eso e ir a un particular, decidí ir al particular, quien se tomó el tiempo de explicarme todo lo que me pasaba, mostrarme y enseñarme la tomografía, así como los pasos a seguir en un orden coherente; cosa que no habían hecho de manera explícita en la EPS. Además, cotizó por el mismo valor, con la diferencia de que tenía más prioridad en comenzar el tratamiento.

Entre todo esto, tengo muchos temas sobre los cuales reflexionar: el trato del personal de salud, la poca preparación, un mal diagnóstico, el tiempo que se puede perder y cómo la salud puede empeorar. Y lo peor es que, finalmente, el sector salud es un negocio redondo donde los menos beneficiados somos los usuarios de la clase media. En la clase baja se ven buenos subsidios y privilegios, los de la alta pueden pagar los mejores y más privados servicios, y los de la clase media nos debatimos entre pagar una póliza o cancelarla, o ir donde un médico bueno que podamos pagar.

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