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La separación fue un parto con dolor, sin dilatación, con muchas contracciones y nada de anestesia.

Después de haber descubierto todas las aventuras de Edgardo, María del Mar toma la decisión de separarse; cabe aclarar que la casa estaba a nombre de los dos, pero como mencioné en el capítulo anterior, Edgardo nunca tuvo un trabajo fijo y bien pagado, y la obligación del crédito hipotecario siempre la había pagado María del Mar; pero igual, como todo divorcio, todo va por mitades, algo injusto, pero la ley es la ley.

Lo simpático de la situación fue el carro; ella lo pagaba y él lo usaba; así que mientras se definía lo del divorcio, él lo mantenía en su poder con la excusa de poder recoger y llevar a los niños al colegio mientras María del Mar trabajaba. Una tarde, cuando María del Mar llegó a casa después de una larga jornada de trabajo, encontró la casa desocupada; solo estaba su ropa en el armario y nada más. El primer pensamiento fue: «¡Me robaron!», pero no; su ex esposo, aprovechando todo el día que ella había estado trabajando, se llevó todo en un camión de trasteo. Más adelante, descubrió que con todas las cosas que ella había comprado y hasta había hecho porque le gustaban las artesanías, Edgardo había amoblado la casa de su amante oficial; pero igual, lo material se recupera. Este hombre se llevó todo sin el consentimiento de ella ni de la ley.

Lo anterior llevó a que María del Mar interpusiera una demanda ante las entidades del estado que supuestamente la debían respaldar y mucho más por la manera en la que él realizó las cosas. Pero el señor, con su don de manipulación y contactos, logró que todo estuviera a su favor, tan así que los niños pensaban que su madre era una mala madre, una mamá ausente. Ese punto era algo cierto, porque debía trabajar para llevar el sustento a la casa. Para ellos, ella era la que ponía los límites y el papá era el chévere y divertido que les daba de todo y pasaba tiempo con ellos; punto que estuvo a favor de él en el momento en que la ley decidió darle la potestad de los niños.

Edgardo sabía que con sus hijos le haría más daño a María del Mar, por eso se los llevó a vivir a una ciudad lejos de la madre, haciendo más difícil la manera en que ella podía estar con ellos y visitarlos. Con el tiempo, los hijos fueron viendo que su madre no era todo aquello que su padre decía; ellos mismos veían cómo él engañaba a la mujer con la que estaba oficialmente y que él estaba lejos de ser un padre responsable. Pero era un poco tarde; ellos no podían regresar, por más que quisieran, con su madre; no se les escuchaba a ellos ni a ella.

María del Mar reconoce que actuó demasiado tarde; no supo poner límites desde el inicio, por miedo al qué dirán. Creyó que ese estar casados para toda la vida debía seguir como un guion, el libreto que todas las mujeres en esta sociedad deben seguir. Se olvidó de sí misma y que terminar algo que empieza mal también es una opción.

Esta experiencia nos enseña que no todo lo que brilla es oro; es importante analizar y reevaluar cualquier situación, y más cuando se trata de una decisión tan importante como unirse en un para siempre con alguien que apenas se conoce. No podemos asegurar que darse tiempo y conocerse evitará que esto suceda, pero puede mostrarnos facetas de la otra persona que podemos cuestionar (si el enamoramiento no nos ha vuelto ciegos). Hay cosas que no son negociables, mucho menos si no eres practicante del poliamor.

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