Cuando uno se casa, hace unos hermosos votos de amor y repite la famosa frase: «Hasta que la muerte nos separe», seguido de un «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (o la mujer)». Hay quienes toman muy en serio esta frase, ya sea por su formación o convencimiento (sin entrar a juzgar); pero es verdad, si te casas, uno espera que sea para siempre y con la persona correcta. ¿Pero si no lo es? ¿Debemos aguantar hasta el final para no ser juzgados por la iglesia, familia, amigos, sociedad, o qué sé yo? ¿Y si la persona que duerme a tu lado no es la persona genuina con la que creías te estabas casando? ¿Hay que aguantar hasta el final? La vida solo hay una para desperdiciarla con quien no debes.
Hay quienes aguantan por miedo económico, otros ponen de excusa a sus hijos; pero no saben el error tan grande que están cometiendo al poner primero a otros y no a su paz mental y hasta seguridad física. Piensan que algún día su situación va a mejorar, o que quizás esa persona cambie; pero si no sucede, se quedan ahí, en el aguante, hasta que lleguen a recibir ese golpe emocional o físico que los deje tan destruidos que apenas puedan levantarse.
No significa que ante cualquier adversidad se deban separar las parejas. Si ambos tienen propósitos en común y tienen la intención de mejorar bajo el amor y el respeto; y lo hacen en la medida de sus capacidades entregando lo mejor de cada uno; pues bienvenido sea ese «felices para siempre», sin necesidad de convertirse en un cuento de hadas, ya que las adversidades nos hacen mejores parejas.
Comienzo con esta larga introducción para entender la historia de María del Mar. Después de un corto noviazgo de 6 meses, se casó con Edgardo, con el cual pensó que sería feliz para toda la vida; pero ese no fue tan cierto, una pesadilla que no tiene un final tan feliz.
Edgardo era un tipo poco agraciado, bajito, feíto, pero con habilidades de comunicación y endulzamiento de oídos. Tenía una lengua que sabía decir lo que los oídos de cualquier mujer querían escuchar. Atrapaba con sus engaños a hermosas mujeres, a pesar de no tener mucho atractivo físico. María del Mar solo veía su capacidad para hacerla sentir bien con sus manifestaciones de cariño y hermosas palabras, y por eso se casó con él, no sin antes conocer todo su historial.
Después de casados, comenzó esta historia con una hija que él había tenido antes del matrimonio, que para María del Mar, era hija de una mujer que, según Edgardo, se la había «metido» para casarlo, pero que, igual como hombre responsable, estaba a cargo de lo económico de la niña. O esa era la historia que ella conocía; como siempre he dicho, toda historia tiene más de una versión, y esta no era la excepción.
Edgardo tenía a la amante oficial, y otras más; pero María del Mar no sospechaba absolutamente nada. Solo pensaba que era un hombre muy ocupado que siempre se ofrecía a ir a la tienda a comprar la leche, pero volvía a los 5 minutos porque se le olvidaba el pan; y regresaba más tarde porque recordaba que no había queso. ¡Ay, tan lindo!, pensaba ella. Salía más de 4 veces en la noche a comprar cosas para el hogar. Pero más adelante, María del Mar comenzó a ver que siempre estaba con el celular en la mano, que siempre tenía muchos compromisos a pesar de que hacía unos meses se había quedado sin trabajo y la que sostenía el hogar era ella. Tuvieron su primer hijo y ella no quería parecer la loca celosa que no deja que su esposo tenga amigas, reuniones o demás, pues él tenía la capacidad de hacerla sentir mal al primer reclamo de celos o de cuestionamientos de su vida. Lo cual hacía sentir culpable a dicha víctima y para evitar verse como la tóxica, no lo hacía.
El tiempo fue pasando y como María del Mar quería que la hija extramatrimonial de Edgardo conociera a sus hijos, la invitaba a su casa a pasar tiempo con ellos. Pero comenzaba a ver cómo esta niña, que crecía y entendía lo que pasaba y quién era su padre, se abría a María del Mar y le comentaba cosas sobre su padre en las visitas a su mamá biológica. Comenzó a sospechar más y más de su esposo. Llegó el segundo hijo, y el mayor ya estaba en el jardín; el padre del mejor amigo de su hijo mayor la contactó para contarle que había descubierto a su esposa siéndole infiel, y la persona con la que la engañaba era nada más y nada menos que Edgardo. María del Mar no sabía qué sentir, si tristeza, vergüenza, qué sé yo. Con esta historia, también logró, de alguna u otra forma, hacerla ver como una loca. Ya no sabía qué hacer ni qué creer, y para estar más segura, contrató a un investigador privado para realmente saber qué pasaba. Pero el contratar al investigador la haría ver más loca. Pero efectivamente, con esto pudo comprobar que no lo estaba. Había, como dijimos al inicio, una amante oficial, que no dejaba, y varias amantes, las cuales incluían conocidas cercanas, como era el caso de la madre del amigo del colegio de su hijo mayor, vecinas, entre otras. Y como dice la canción del Santo Cachón: ¡No fue una, ni fueron dos, fueron tres!
Y aquí viene el juez interior que tenemos todos los que no estamos en los zapatos del otro. ¿Contrató a un investigador? ¡Qué falta de moral, tremenda tóxica! ¡Pero les digo NO! No juzguen. La desesperación de María del Mar llegó a ser tal que tuvo que buscar esos recursos. Porque no era suficiente que todo el mundo le hablara de él, de sus malos hábitos con mujeres, de sus andanzas. Y aunque ella lo confrontaba, él terminaba, de alguna u otra forma, haciéndola ver como la loca del paseo, un maltrato psicológico donde ella creía que era una mala persona, madre y esposa. Pues él era un santo que ayudaba a mansas palomas a encontrar su camino, pero no al cielo, sino a su cama.
Luego de muchos años de aguante, confrontación, psicólogos, en fin; pudo tomar la decisión que debió tomar al inicio, dejar aquel hombre mentiroso, mujeriego y manipulador. Pero él hizo algo de lo que nadie creía posible; con los hijos un poco más grandes, ya no eran una excusa para dejarlo. Aunque ellos podían entender la situación, aun eran manipulables, y María del Mar había desaprovechado parte de su belleza y juventud al soportar a un hombre por una felicidad no real.
Continuará en una segunda parte que no se pueden perder, con el trauma de un ególatra en su separación…