Por lo general, cuando una mujer se mete con un hombre casado, recibe varios epítetos como perra, destructora de hogares, bruja, zorra, entre otros de niveles un poco más altos de todo.
En sí, te contaré que hemos aprendido a escuchar historias y hemos dado nombres e incluso apodos a los protagonistas de estas historias. Pues, como sabemos, hay más de una versión para cada historia y quien la vive es quien la siente.
La protagonista de esta historia, que es de lo más común que podemos imaginar, y con la cual podremos sentirnos identificados con cada uno de sus detalles.
El nombre que le daremos a la protagonista será Juliana, una mujer como muchas, creyente y enamorada del amor, y que deseaba encontrar a un buen hombre con el cual formar una familia, y al parecer, lo había encontrado.
Un empresario apuesto e inteligente, con mucho dinero; pero por ahora ella no sabía esto último, solo vio a un hombre apuesto e interesante en la sala de espera del taller donde tenía arreglando su vehículo. Él estaba sentado frente a ella con una revista en la mano; como era un taller de mecánica automotriz, quizás esperaba su vehículo también. De repente, él centró su mirada en ella y comenzó a entablar de manera natural una conversación. Ella, al ver que era un hombre interesante y además decente, le respondió cortésmente y continuó la conversación; la cual fue tan fluida que nunca hubo un mal pensamiento o se sintió intimidada ante aquel hombre tan interesante. Hablaron de sus autos, de qué tenían, qué deberían hacer, el clima de ese día, hablaron hasta un poco de política. Igual, eran dos extraños esperando sus vehículos en un lugar aburrido, buscando algo más interesante que hacer que leer la revista arrugada y desactualizada. Después de casi más de una hora de espera, el tiempo que parecía interminable terminó siendo corto y agradable; el vehículo de Juliana ya estaba listo y se despidió amablemente de su amigo, que a propósito era masón por su anillo y cadena en el pecho.
Cuando se retiró, llegó a la caja para cancelar el servicio. Le informaron que tenía un descuento especial en su factura, lo cual llamó su atención, y preguntó el motivo del mismo, pues era un monto considerable que igual le cayó muy bien a sus finanzas en ese momento. Para lo cual, le notificaron que el dueño del taller se lo había asignado por tan agradable espera. Cayó en cuenta de que era aquel hombre interesante con el que había hablado, pero que ya no se encontraba a la vista para agradecerle el gesto.
Unas semanas más tarde, Juliana, como de costumbre, mataba su tiempo en las redes, cuando le llegó el mensaje de WhatsApp de un número desconocido: «¡Hola!» Para lo cual, chequeó la foto y vio que era el apuesto tipo del taller. De ahí en adelante, comenzaron a conversar, a entablar una amistad que parecía ser sana. Ella no imaginaba que un hombre tan apuesto e interesante se iba a fijar en ella, y las conversaciones no pasaban de temas como: «¿Qué tal tu día?». Él le dio la seguridad de que se podían ver, que no era un pervertido ni un enfermo de esos que salen muy a menudo por ahí. Así que aceptó invitaciones a comer, donde siempre el tema era sobre masonería, política, temas que eran interesantes para Juliana. Siempre una conversación que no pasaba de ahí. Tener amigos hombres también es posible y este era un candidato muy guapo e interesante. Pero poco a poco fue tornándose más interesante pasar una cena o un café de vez en cuando con este hombre. Un día él pasó a mirarla más fijamente a los ojos y sostener la mirada con una sonrisa pícara que la hacía sonrojar. Solo recordaba el libro de Cristian Grey y de solo pensarlo tenía que retirar la mirada. Era mucho para ella imaginar que ese hombre había puesto su atención en ella. Un día de vino, él se lanzó sin avisar de una manera sutil, pero a la vez atrevida, para darle un beso y ella no se negó. Quién iba a pensar, había una chispa, una química increíble. Todo comenzó a tomar un camino diferente.
Juliana se entusiasmó con esta relación. Él comenzó a llevarla a lugares donde él pasaba el tiempo. Iban a grandes haciendas, conociendo a sus amigos, la llevaba a ver caballos de paso fino, que eran su pasión. Y ahí empezó a ver que dinero también tenía, y mucho.
Pero aquí viene el momento en que todo deja de ser de color rosa y comienza a tomar un tono gris oscuro. En sus salidas con los amigos de aquel caballero, se fue haciendo más y más cercana a su mejor amigo. Llevaban más de un mes y medio saliendo, sin nada extraño, dudas ni misterios, asistiendo a eventos y lugares públicos, presentándola a todo el mundo. En ocasiones, se alejaba con sus conversaciones, pero igual era un empresario, nada que temer o ponerse de loca a pensar en que algo raro podía suceder. Un día, aquel mejor amigo, que al parecer le gustaba a Juliana también, la sentó en privado y le dijo: «Tenemos que hablar». Y ahí arrojó su veneno o verdad. Su primera pregunta fue: «¿Sabías que tu príncipe azul está casado?» Para ella, eso fue una broma de mal gusto. «¿Me estás tomando el pelo o qué te pasa?» Lo que él hacía con ella no era de un hombre casado, salir a lugares públicos, presentarla a sus amigos, llevarla a las haciendas, en fin; nunca vio fotos o comentó nada raro. Por eso, para ella, era algo que no era posible.
Así que preguntó: «Si esto es así, ¿por qué te veo tan seguro y serio? ¿Por qué no hay fotos en los lugares que hemos visitado de una pareja o al menos una familia?» Y el amigo respondía con la seguridad de un confesor: «El dinero mueve todo. Cada que llegas a un lugar, ha habido una logística donde todo ha sido retirado». «¿Y qué tal ustedes, los amigos? ¿Por qué no han dicho nada?», agregó Juliana. «Porque hemos sido leales. No eres la primera ni la única». Fría por la manera que respondía, comenzó a quedarse sin aire, algo le apretaba en el pecho, no sabía qué le pasaba. Él vio cómo Juliana tenía los ojos desconcertados, comenzaba a creer, pero tampoco quería creerlo. A lo que el amigo le dijo: «Es un casado, cazador. Su esposa lo sabe y lo aguanta, no se sabe si es amor, o el dinero o la presión social». Y de ahí comenzó a contarle toda la verdad sobre aquel hombre, el cual ella que tenía en una cima y que a medida que conocía más detalles de su manera de mentir, se iba desmoronando como un castillo de naipes.
Juliana, obviamente, tomó la decisión de encarar a su cazador, y la respuesta natural, como si no tuviera sangre en las venas sino un frío corazón, respondió: «Nunca lo preguntaste. Igual, ¿qué diferencia hay? Tengo una relación difícil; no soy feliz con ella, estamos por los hijos». Dijo tantas cosas, pero para Juli solo hay un principio de verdad y lealtad. Su mundo se cayó, ni riesgos sería la segunda o se prestaría para algo así. Y con el dolor en el alma, lo dejó.
Juli, fue una víctima y quien la veía en las calles, restaurantes, en fin; con un hombre casado le habrá dado varios nombres, pero nunca sabemos la verdad hasta que no sale a la luz. Pues, para muchos, era la amante, la moza, la destructora de hogares, qué sé yo; pero solo era una presa más de un casado cazador.