El Catracho llegó a las 7 am totalmente borracho, y sin bastarle, le dijo, «no estás preparada para una relación seria» ¡Jajaja! Valentina echaba fuego. ¿Cómo? ¿Quién viene a decir eso cuando es él quien no está preparado? Es un imbécil que acaba de llegar borracho a las 7 am. ¿Cómo se atreve?, pensaba ella. Pero su error en la vida ha sido no decir las cosas cuando las debe decir, o decirlas cuando no debe; ha sido siempre errores de cálculo que Valentina aún no descifra a pesar de sus experiencias. Luego se pregunta: ¿Por qué no lo dije? ¿Por qué lo dije? En fin, siempre un ¿por qué sí?, un ¿por qué no? O quizás, ¿Qué debe hacer uno? ¿Habrá un libro que diga: ¿Cuándo, cómo y dónde decir las cosas de la mejor manera o cuándo callar?
Finalmente, ese día le pasó el guayabo. Regresaron a la ciudad donde vivían en Honduras. Al siguiente día era el cumpleaños de Valentina y quería estar bien. Pensó que lo que él le había dicho eran palabras de borracho; pero así no fue. En el día de su cumpleaños, no le tenía nada, absolutamente nada. Ella estaba indignada. Él la llevó a comer a un restaurante de cadena norteamericana, cosa que se puede hacer en cualquier día y no en tu cumpleaños. Solo pensó en lo triste que se estaba sintiendo. Se había ido a un país extraño, lejos de los seres que quería y de sus costumbres, para estar sola con una persona que ya no le mostraba aprecio. No tenía amigos ni nadie con quien desahogar su dolor. Tenía a su hermano, pero sentía que no era prudente contarle por lo que estaba pasando, al igual que a su suegra, a quien tanto amaba. Ella solo podía decirle a él lo que sentía, que se había alejado, y él solo respondía: «Tú estás dependiendo mucho de mí». ¡Pero, claro! Pues era lo más cercano que tenía, y él la alejaba de esa manera tan déspota. Él, tratando de comprenderla, le presentó a sus amigas para que la integraran en un grupo, y así fue. Estas mujeres se comportaron a la altura, entendían la soledad de Valentina y la adoptaron de la mejor manera, tanto que la invitaron ese mismo fin de semana a pasar en una cabaña en la playa para que se despejara y dejara de pensar en su Catracho.
Pero él omitió un punto: una de las amigas era una de sus exnovias. Cuando ella se enteró, igual no tuvo nada que decir. Se había portado muy bien, no era la típica exnovia arpía, por el contrario, la entendió tan bien. Ella había pasado por lo mismo, pues al parecer el galán tenía la misma técnica: enamorarlas con detalles y llevarlas al punto, para luego «zapatelas» en la yugular. Quizás ya no le gustaban enamoradas. Su ego se crecía con verlas enamoradas suplicantes ante él.
Ese fin de semana fue de muerte, porque entendió cómo era él. Ya no sabía qué hacer. Se había enamorado. Su ego tampoco le permitía ceder. Pero el balde de agua fría cayó aún más cuando, al verla tan triste, las nuevas amigas quisieron contarle la verdad. Hay algo que llamamos solidaridad femenina. Nos cuesta ver a otra mujer sufrir por amor. ¿Quién no lo ha sufrido? Y más Valentina, que les decía constantemente: «¿Qué hice mal? Todo iba tan bien. ¿En qué fallé?» Y en medio de su análisis, tristeza y entre copas de vino, decidieron contarle todo: «Mira, Valentina, tú no has hecho nada mal. La verdad es que el señor Catracho tuvo una novia a la cual amó y amará toda la vida. Ella se fue a estudiar a Francia siendo novia de él, y cuando regresó llegó con un ‘paquetico’ adicional: un nuevo novio francés, el cual le paseó por toda su cara durante un año mientras él se moría de dolor. Cuando el francés no pudo acoplarse al país, pues no consiguió empleo estable, regresó a Francia. El amor del Catracho era tan grande que se fue donde la mujer que lo había herido a decirle que él la amaba, que quería casarse con ella a pesar de todo. Y ella le dijo: ‘Déjame pensarlo’. Dejó abierta esa posibilidad, y fue en esos días en los que él te conoció y se olvidó de su propuesta. Al parecer, todo estaba bien. Los amigos del Catracho decían: ‘Por fin encontró el amor’. Y cuando comenzaron a salir en los medios, la exnovia se enteró de todo, hasta de su ida a Colombia. Obvio, ella no iba a ser a la que dejaran con los crespos hechos, y reapareció nuevamente. Y al parecer, él no supo qué hacer. Eso solo lo sabe él. Quería el pan y el queso, y aunque hacen una rica combinación, en el caso del amor, o lo uno o lo otro. Pues no somos sándwich, o sino Dios nos habría hecho para que pudiéramos reproducirnos solo de a tres, bueno, aunque en otros países son más que sándwich, hacen hasta ensaladas.
Valentina, al enterarse de todo esto, dijo: ¡No más! Yo no soy plato de segunda mesa, y se lo dejó fácil, no quiero estar con él. Pero al mismo tiempo, una depresión se apoderó de ella. Su estado de ánimo estaba bajo. No tenía un trabajo fijo donde poner la cabeza y distraerse un poco. Esto la consumió en un llanto diario de dolor y frustración. ¿Qué había hecho? ¿Por qué se había ido hasta allá? ¿Y ahora qué? ¿Qué le digo a mi familia y hermano? Ella, que siempre había sido el ejemplo y la admiración de su familia, ahora se sentía que era solo un desastre. Momentos en que le das poder a la mente para rebajarte y ponerte en modo mártir. Eso pasó con Valentina.
Y el Catracho, sin pan y sin queso, se quedó porque su ex volvió a Francia a casarse con el francés, y la Valentina volvió a Colombia a estar con su familia. Por eso siempre he dicho: no todo hombre que te presenta a la mamá significa que quiere algo serio contigo. Además, siempre la que no le gusta a la suegra es la que le gusta al hijo, y la ñapa es: «No te metas con un hombre al cual su corazón solo ha amado a una sola mujer y no eres tú, porque ella siempre va a estar ahí».