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Volvamos a las historias de los amoríos que nos causan dolor, pero luego, cuando pasa el tiempo, nos podemos reír de lo que lloramos, hicimos, gritamos y hasta quizás maldecimos; todo lo anterior, en su momento, nos ayudó a sacar a flote el hermoso y preciado ego; en el momento que nos reímos, por esos desafortunados sucesos, nos damos cuenta de que no hay nada más hermoso que burlarnos de nosotros mismos.

Manuela, cada vez que sale de una relación, siempre tiene a sus amigas queriéndole presentar algún prospecto interesante. No sé si creen o ven en ella cierto tipo de desesperación por encontrar su media naranja.

Comenzaron los partidos de la selección, era el momento perfecto para presentarle a Manuela algún amigo de Matilda y su esposo, ambos se tomaron el papel de celestinas. Camilo, el esposo de Matilda, ya tenía en mente a uno de sus amigos con los cuales compartía ir al estadio y ver partidos de fútbol de su equipo favorito. Así que la oportunidad se presentó precisamente en uno de esos encuentros de fútbol, donde las mujeres nos contagiamos de la pasión y nos ponemos la camiseta de la selección. Sin muchas ganas de asistir, Matilda la convenció diciendo: «Es que eres una abuela», claro, para ella que tiene 25 años, y Manuela ya pasaba de los treinta y pico. Con tanto comentario de ese tipo, se dejó convencer para ir a ver el partido con los amigos de Camilo.

Y ahí estaba el check list: el más bajo, poco atractivo, con los dientes medio torcidos, usando una loción demasiado fuerte para el gusto de Manuela, mal vestido y muy, pero muy hablador; este era el famoso amigo que Camilo quería presentarle. Obviamente, ella aún desconocía las buenas o malas intenciones de sus cupidos, Matilda y Camilo; así que no lo determinó en todo el partido. El tipo no hizo sino ofrecerle licor, y ella aceptaba a regañadientes, pues allí estaba Matilda con su cantaleta: «Ay Manu, tú siempre tan aguafiestas». Finalmente, se terminó el partido y se fue, no tenía por qué quedarse más tiempo, además, ella empezaba a extrañar su casa, no era de estar tanto tiempo afuera tomando solo por tomar.

Al día siguiente, Matilda le dice que el amigo de su esposo, al que llamaremos el Check list, estaba encantado con ella, a lo cual Manuela respondió: ¡Ni loca! Ese hombre no cumple con mi check list. «¿Y cuál es tu check list?» preguntó Matilda. Obviamente, ella no lo había hecho, pero hay unas bases que las mujeres tenemos para decir sí o no; y al preguntárselas, Manuela hizo una pausa, y pensó detenidamente: «Mira Matilda, ¡es bajito! Y yo, usando tacones, quedo de la misma estatura que él. Además, usa un perfume que me marea, tiene los dientes muy feos y habla hasta por los codos, como medio payaso de circo barato». Matilda la escuchó con una sonrisa y respondió: «¿Y qué? ¿No has salido con los más y los peores y ellos no te han hecho pasar lo peor? Este check list puede que no sea lo que tienes en mente, pero el tipo es detallista, invita a todo, es servicial, y la verdad, su sentido del humor es bueno». Manuela escuchó pero no le prestó atención.

El Check list comenzó a llamarla, a ofrecerse voluntariamente para hacer favores. Pueden existir lectores que juzguen a Manuela, pero que tire la primera piedra aquel que no haya usado a un tipo como mandadero, y más aún cuando él se ofrece. Ni corta ni perezosa, usó al Check list para colgar cuadros en el apartamento, llevarla a la oficina y en ocasiones, recogerla. Fueron tantos esos pequeños momentos que compartieron juntos que ya en la cabeza de Manuela comenzaron a surtir efecto las palabras de Matilda: «¿Por qué no?». El hombre bajito insistía en querer conquistarla, y se portaba a la altura a pesar de su estatura.

Un día la llevó a almorzar a la casa de su mamá, donde aprovechó y la presentó a su única hermana y su esposo; situación incómoda para ella sabiendo que no quería nada serio con el individuo, y más incómodo aún, cuando la hermana, en medio de su charla, preguntó: «¿Y ustedes dos qué son?». Manuela respondió: «Solo amigos», y él dijo mirando a su madre con su pequeñez y ternura que lo caracterizaban en ese momento: «Madre, ella no quiere ser mi novia». La madre respondió con la dulzura de cualquier madre: «Mi hijo es un buen muchacho». ¡Por Dios, qué sensación tan terrible! ¿Qué madre no considera que sus hijos son los mejores del mundo? Pero es más duro escucharlo de la boca de la madre, y más cuando tu conciencia dice que no estás haciendo lo correcto con el chico.

Después de esto, Manuela comenzó a salir con el Check list; él la llevaba a todos lados y le pedía insistentemente que se quedara en su casa, le compraba cepillos de dientes y champú. ¡A ver! ¿Qué hombre hace eso? Por el contrario, he sabido de mujeres, no Manuela, que van dejando cositas en el apartamento de su amante para ir marcando territorio hasta que terminan mudándose allí. A ella le estaba pasando todo lo contrario. Antes le decía: «Oye, de vez en cuando quiero ir a mi casa, hoy démonos un tiempo libre», y así lo hacían.

Una noche, el Check list salió sin Manuela a un matrimonio al que estaba invitado, y ella no, pues apenas estaban empezando. Al llegar a casa borracho, le propuso que se fueran a vivir juntos y alquilaran uno de los dos apartamentos. Manuela quiere una relación estable, pero eso ya parecía demasiado rápido para su gusto. Así que dejó que hablara y no opinó, además, ya le tenía un poco de desconfianza al enamoradizo. En una de esas veces que el hombre le prestó el celular (advierto: soldado avisado no muere en guerra; nunca, pero nunca, entreguen abiertamente su celular a su pareja, novia o amante, a menos que estén seguros de que no tienen nada que ocultar o han sido precavidos y han borrado toda evidencia), Manuela tenía el celular del Check list porque estaba programando la música en una noche de tragos con amigos. De repente, cae un mensaje: «Cristal» (así se llamaba el contacto) dice: «Invítame a conocer tu nuevo apartamento… ¿Ya tienes lavadora?… voy a ir sin calzoncitos». ¡Jajaja! Hasta risa le causó, pues aún no estaba enamorada del Check list, pensó en lo estúpida que era la pobre mujer que tenía que ir sin calzones a que le presentaran el apartamento. En fin, no hizo reclamo ni dio importancia. Siguieron así, él insistía en el amor, que la amaba, que la quería y ella comenzó a encariñarse. Finalmente, parecía que había calado en el corazón de Manuela, y Matilda se burlaba de lo que se había convertido su Check list.

A los días (nueva advertencia, no dejen configurado que los mensajes de WhatsApp se vean en pestañitas cuando escriben en el protector de pantalla), ya no era Cristal sino Virginie (¿qué virgen? ¿Quién sabe en qué idioma, porque ni el nombre ni lo que decía parecían de una Virginie?). Él se bajó del carro y dejó el celular sobre la silla. Este comenzó a sonar con varios mensajes seguidos diciendo: «¿Cuándo nos vemos, amor?», «¿Nos tomamos unas copitas de vino en tu apartamento?», «¿Vamos a hacer cositas?». ¡Ahí fue el colmo! Respira, tranquila, ¿ahora cómo lo miro? ¿Qué le digo?… Piensa, piensa… Cuando la has cagado, es por impulso, así que piensa. Ella se tranquiliza y actúa con naturalidad; el Check list se sube al carro y ella le dice que esa noche quiere dormir sola en su casa.

Al día siguiente, le cuenta todo a Matilda, quien como siempre, le aconseja que le diga la verdad de lo que vio, que no le gusta; y efectivamente lo hace, pues siempre ha creído que, a pesar de la corta edad de Matilda, ha llevado por años una relación y ha sabido manejar cada una de esas situaciones que se le presentan.

Manuela confronta a su Check list, y adivinen, tras de ladrón bufón, aquel hombre de estatura baja, condición que ya no le afectaba, se había convertido en el enano del Señor de los Anillos, un vil rufián que terminó por decirle: «No quiero saber de ti, eres una mujer que ha destruido la confianza de la relación. Eso de estar leyendo los mensajes no es de una persona bien». ¡¿Ahahahah?! ¿Dónde quedaron las respuestas de Manuela sobre por qué las amigas le escribían de esa forma? Pues como buen artista de la comedia, el pedazo de ogro terminó haciéndola sentir como la peor de las mujeres que él había conocido en su vida, sacándola de todos sus contactos, sin volverle a hablar.

Finalmente, aprendió que no todas las mejores fragancias vienen en empaques pequeños. Nunca tengas un check list, casi siempre termina siendo todo lo contrario a lo que soñabas.

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