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Esta es la historia de Amanda, una nueva amiga del trío de chicas, aunque aún no muy cercana. Contaré esta historia porque hay muchos por ahí que no creen en el amor; y con la historia de Amanda hemos comprobado que, por más que te lastimen o te hagan daño, el amor es un sentimiento imparable; cuando llega, llega y punto. O díganme, ¿a quién no le ha pasado que el tipo, después de insistir, persistir y nunca desistir, te deje hecha polvo cuando finalmente le botaste esa sonrisita?

Un diciembre de algún año… Luego de terminar con su última relación tormentosa, los amigos de Amanda intentan subirle el ánimo y la invitan a salir; Pedrito, un compañero de trabajo de Amanda, tenía de visita a uno de sus amiguitos de otra ciudad (no vamos a nombrar ciudades para evitar temas de regionalismos); el caballero era un chiquitín. Extrañamente, el chiqui se fijó en ella y durante la rumba pasó insistentemente por su lado diciéndole en su tono torpe: «a penas suene un vallenatico, bailamos», no podía creer el perdedor que tenía al lado. ¡A ver! Estábamos en una discoteca donde solo ponían música electrónica, ¿no se había dado cuenta? ¿Así de borracho estaba? Ya desesperada con el muchachito y su bendito vallenato, Amanda le dijo: «¡Oye, acá no ponen vallenatos, LOL!»

El chiquitín, así lo comenzamos a llamar a raíz de la fiesta, era mucho menor que ella, le llevaba por lo menos 7 años, estaba absolutamente fuera de su radar y de su gusto. A ella le gustan los hombres maduritos, con canitas y ganitas. Aún así, por pura cortesía lo aceptó en Facebook después de enviarle al día siguiente una invitación… De ahí para allá, vinieron los mensajitos: «Hola, ¿Qué haces? ¿Cómo estás?». Aun así, el chiqui insistía diciendo: «No me importa que usted sea mayor que yo» (suena como una canción de reguetón).

Finalmente, en un desparche de visita en la ciudad del chiqui, Amanda decide llamarlo para aceptarle ese dichoso café que llevaba meses invitándola desde que la conoció. El chiqui llega ese día totalmente perfumado en su flamante Mercedes Benz último modelo, quizás algo muy usado por la gente de su ciudad para deslumbrar a las mujeres; se tomaron el cafecito, para Amanda el tipo no terminó siendo tan pesado como pensaba… Estaba como interesante y él estaba bien interesado; quizás el Mercedes sí la deslumbró.

Después de ese café, siguieron las idas de Amanda a dicha ciudad por temas laborales; era agradable pasar las tardes con el chiqui, al fin al cabo, su edad no era proporcional a su madurez (eso pensaba ella).

Decidió entonces dejarse aconsejar por sus amigas Paulina y Francisca; uyy, ¡pero si el pollo es colágeno!, hágale que ese puede ser; y su mejor amigo Andrés le decía: «Si yo tuviera 26 y saliera con una mujer mayor, solo me la querría comer y ya». Pero no le prestó atención a esto último; y comenzó a viajar más seguido. ¡Qué más da! La suerte estaba echada: compró tiquetes, empacó maleta y voló a aquel extraño encuentro con un hombre menor.

Y como en alguna ocasión las amigas de Amanda le dijeron, un pollo al año no hace daño, y el colágeno es colágeno; fue así como la alentaron a salir con el chiqui. Y cuando este finalmente demostró su edad con comportamientos de niño, comenzaron a decir: «Es que el que duerme con niños amanece cagado». ¡Jajaja, amigas! ¿Quién entiende sus consejos? ¡Hágale, hágale! Y cuando ya te ven embarrado, dicen: «Uyy, pero eso se veía venir».

¿Y cómo terminó? Pues el chiquitín comenzó a salir cada 8 días a rumbear con las amiguitas y a dárselas de que llevaba el rumbo de la relación. Una relación a distancia se presta para muchas cosas y más para un hombre, que a su corta edad, no sabe qué hacer con tanta testosterona suelta; ya había algunas discusiones por el tema, pero nada del otro mundo. Un día ella viajó a visitarlo y a raíz de un almuerzo se intoxicó. Ese día, enferma, los padres del chiqui la atendieron, pues el chiqui obvio, aun vivía con sus padres, y se quedó a dormir allá; el chiqui, desesperado por la enfermedad de Amanda, comenzó a regañarla: «¿Por qué no te tomas el suero?». Ella se sintió mejor, le pidió que la llevara a la casa de los amigos donde ella se estaba quedando, y antes de bajarse del carro, el chiqui le dijo: «¿Sabes? Creo que no debemos seguir». ¡Ahahaha! Ella no sabía si lo que sentía era ese dolor del ego por ser echada por un cagón, o el dolor abdominal de la intoxicación que aún seguía ahí rondando su estómago; lo importante es que disfrazó el primer dolor con el segundo, eso le permitió que lo que llamamos despecho se convirtiera en un dolor de estómago por intoxicación. Amanda lo único que dijo fue: «Gracias»; ¿Qué más podía decir? El dolor no permitía pensar, se bajó del carro y compró el primer tiquete de regreso a su ciudad.

Así que recuerden: el colágeno es colágeno, un niño es un niño, las amigas son amigas, y el ego se puede confundir con una intoxicación.

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