Cada historia tiene más de una versión. Es solo estudiar un poco la narrativa de los cuentos de los hermanos Grimm, de dónde surgieron y cómo con el tiempo se fueron cambiando para ser más agradables a la lectura de los usuarios de la época.
Así como para bien o para mal podemos transformar un cuento, relato o como lo quieras llamar; podemos convertir un comentario en más que eso, un chisme. La transgiversación de una historia con un toque de nuestra personalidad puede en algún momento hundir a una persona si es mal contada o sacarla de un abismo si la usas de la manera correcta; todo depende de dónde lo mires, es como la imagen del 6, desde donde te pares puedes ver un seis o un nueve.
Inicio con esta larga introducción porque fue así como, a través de un comentario, llegué a estar involucrada en un gran chisme, donde varias personas me juzgaron y dejaron de hablar.
En mi época de colegio nunca fui amiguera o compinche, quizás por mi personalidad que rayaba más hacia la timidez que por muchos era mal interpretada como una antisocial; por eso creo que nunca logré ser del grupo de las «populares» del salón. Con el pasar del tiempo, uno cree que eso se supera; pero hay personas que no evolucionan lo suficiente y se van quedando en los falsos y vagos conceptos de los demás.
Cuando fui creciendo me fui desenvolviendo mejor, ya hablaba un poco más, sin filtro. Creo que pasé un poco al extremo; quizás lo que dejé de decir de niña y adolescente lo comencé a manifestar en mi adultez; y así fue como, por desgracia, conocí a una persona igual o un poco más comunicativa que yo que llevó un comentario mal interpretado a los oídos de varias personas, que fueron distorsionando el mensaje hasta llegar a la persona a la que se hacía referencia.
Este teléfono roto me convirtió en víctima de mi propia lengua, con el agravante de otras lenguas más que agudizaron el comentario, metiéndole más picor y emoción a la historia. Pero lo peor es que ese comentario se fue haciendo más y más grande. Pues yo también lo hice, porque lo escuché de alguien más, y sin verificar la fuente lo fui soltando a este individuo.
Entrando a la raíz de la historia, comienza con una compañera con la que había estudiado en el colegio, y era de ese maravilloso grupo al que nunca pertenecí y tampoco intenté encajar; al graduarme dejé el colegio ahí, en el pasado, pues mi historia cambió un poco más en la universidad o mejor dicho mejoró.
Había un rumor con esta chica que decían las malas lenguas salía con una persona de dudosa reputación, un hombre que pertenecía a uno de esos grupos al margen de la ley; era un rumor un poco fuerte, y que por eso ella había montado empresa con los recursos de dicho personaje; pero como dije, era un rumor. Al final, uno no sabe qué tan ciertos son los rumores, pero estaba ahí para ser tomado e interpretado por cada mente a la que llegaba y podía agregar o quitar a la historia.
Un día estaba con el personaje que se encargó de hacer rotar el rumor un poco más. Un amigo habló de ella porque se la querían presentar para que salieran juntos; yo, de «buena amiga», con el miedo de que no accediera a salir con alguien que había salido con un tipo de dudosa reputación, le comenté el rumor. Lo hice con la intención de prevenir algo de lo cual no sabemos si iba a suceder o no; tantos cristianos que han muerto sin saber por qué. En fin; yo en mi película reaccioné hablando de un rumor de esa persona sin confirmar la fuente y lo hice delante de este externo, que ni corto ni perezoso se lo comentó a una amiga cercana de la protagonista; y esta fue directo a contarle lo que yo andaba diciendo; con el agravante que esta persona por una absurda razón no le caía bien; había sido novia de un ex de ella; aprovechó para agregar a la historia su toque picante, hizo que la compañera del colegio reaccionara como reaccionaría cualquier persona de la cual se esté difundiendo un rumor poco ético; fue así como luego supe por terceras lenguas que en el grupo de las populares yo era una mentirosa, difamadora, chismosa, que sabe qué más, por haber replicado un rumor de una de ellas. En verdad no me importa lo que ellas piensen de mí, pues al final nunca fueron mis amigas, pero sí siento un nivel de vergüenza porque de mi boca salió algo que no debió salir y que se convirtió en un cuento mayor.
Por eso siempre digo la frase que ronda por ahí: si vas a decir algo de alguien y no es bueno, mejor cállalo, y evita convertirte en parte de ese molesto grupo de gente que repite lo que escucha sin conocer la realidad de la situación. Con esto aprendí a ser más prudente con lo que digo, a quien lo digo y cómo lo digo.