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Hace poco escuchaba a alguien diciendo que, lamentablemente, muchos de los emigrantes que se van en busca de “un mejor futuro” en otro país, lejos de su familia, amigos y costumbres, por lo general se encuentran atrapados en el triste círculo vicioso de no trabajar para vivir, sino de vivir para trabajar. Al tratar de profundizar en esta frase, traigo a mi mente pensamientos de personas que conozco que trabajan mucho más que cuando vivían en su país, con el fin de mostrar y lograr decir que viven mejor que otros. En ocasiones, esto se convierte en un juego de apariencias; son el orgullo de su familia y amigos, quienes dicen: “Julanito, que vive en los Estados Unidos, ya tiene la ciudadanía, ¡y mira lo feliz que está! Pasea y muestra fotos en lugares divinos”. Y así, celebran cada logro, pues han alcanzado lo que muchos no han logrado: el famoso “sueño americano” o de vivir en un país del primer mundo.

Pero detrás de todo esto hay un trasfondo que es el velo de la ambición, que no nos permite ver. No podemos generalizar, pero un porcentaje muy alto de los que se han ido, al inicio, comenzar les implicó comer de la que ya sabemos. Solo pocos tienen la fortuna de decir que empezaron muy bien; y esos pocos son los que se han ido seguramente con otro familiar que ya les abrió camino, o porque los trasladaron de un trabajo, o como algunas bendecidas y afortunadas, consiguieron patrocinador. Al fin y al cabo, lo lograron. A muchos no les gusta hablar del cómo, pero de que lo lograron, ¡lo lograron! Por eso, en nuestra cultura, es muy bien visto al que sale del país. Cuando pueden comprar un tiquete de avión para pasar las vacaciones o Navidad con su familia en su país de origen, sale todo el batallón a recibirlos al aeropuerto con bombos, platillos y letreros. Viene el primo, hermano o amigo de mostrar; no importa que viva en Londres, Madrid, Toronto o cualquier otra ciudad del primer mundo que admiramos todos los del tercer mundo, porque creemos que allá se vive mejor. Quizás sí, quizás no. Eso depende de lo que estén dispuestos a sacrificar aquellos que se van para allá, esperando a que sus estudios se monologuen para trabajar en un empleo que se diría “digno”. Mientras aprenden el idioma, legalizan su ciudadanía o lo que sea, tienen que lavar baños, atender en restaurantes, ser housekeepers (para que suene más bonito en inglés) o ser babysitters. Pero al final, no importa cómo sea, se gana en moneda extranjera y rinde más que en su país de origen. Así que cuando llegan en Navidad, tienen mucho que mostrar, comprar o traer cosas que en su país no se encuentran.

Qué lindo es aparentar, qué lindo es mostrar, qué lindas son las redes sociales; y por qué no, estas últimas, como las vamos a satanizar. Para eso están nuestra mente y nuestros pensamientos de desgracia, retorcidos antes de ir a dormir, pensando que la vida es una mierda. “Ese hombre me insultó por ser latino”, “no me atendieron bien por mi acento”, “me hace falta el abrazo y el consejo de mi familia”. ¿Pero cómo voy a publicar esa miseria? Ya tenemos suficiente con los medios amarillistas que cada vez abundan más y nos atormentan con sus noticias. Para eso, mejor publicamos el plato de comida, la ropa, los eventos a los que puedo asistir en el exterior y que en mi país no hay. Así, una gran cantidad de mis seguidores dan like y pueden comentar lo afortunado que soy al estar al otro lado del charco y no en un país tercermundista, donde toca aguantar el tráfico pesado, la gente que no cede el paso al peatón y le tira el carro o acelera la moto cuando ve pasar al señor con su perro, o la señora que lleva de paseo al niño en su coche, se queja de la vía y sus calles que no permiten transitar con cuidado, y de los gamines que se asoman cada 5 minutos a pedir limosna o a mirar si te van a atracar. Pero a eso no vemos al otro lado, donde también hay una cantidad también de miseria que ocultan las grandes metrópolis, donde hay calles llenas de gente con sus manos agujereadas por la sobredosis que les permite inyectarse en su país.

Cada cara de la moneda tiene sus pros y sus contras, pero nadie quiere hablar de los contras. ¡No, qué tal! Uno debe mostrar la mejor versión de su ser, de dónde vive y lo que hace. Finalmente, lograr el sueño americano o de cualquier otro país, siempre y cuando sea un país mejor que el tuyo, es ya un logro. Pero, ¿y si el alma desea volver? ¿Si quieres probar esas arepas recién hechas sin aditivos y conversar alrededor de un sancocho de barrio, y escuchar la algarabía de las calles y del vecino con su radio a todo volumen? En fin, eso también es parte de la vida. Por eso, cada vez hay más extranjeros que vienen al tercer mundo; eso por nada se lo perderían. Un país donde pueden invertir en una moneda que les hará rendir más su dinero, donde no hay tantos trámites, donde la salud no es un privilegio, sino que es la mejor, cualificada, con el mejor servicio y más económica. ¿Cuántos de los que están afuera pueden decir que pudieron pagar un médico particular sin que les saliera un ojo de la cara? Hay tanto de fondo como de ancho. Como diría Ricardo Arjona, “si el norte fuera el sur, sería la misma porquería”. El tema es: ¿Qué porquería quieres vivir?

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