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Retrocedemos un poco en el tiempo cuando Manuela llegó a vivir a Medellín; una ciudad encantadora de donde era su padre, sus tíos y unos pocos primos que le falta aun por conocer fruto de las andanzas de uno de sus familiares, porque el otro no dejó descendencia, hasta lo que se conoce.

Manuela llegó a vivir primero en un barrio prestigioso de la ciudad, en la casa de la mejor amiga de su madre mientras se acomodaba y encontraba un apartamento para alquilar. Llegó un mes de enero cuando la ciudad estaba casi vacía; los paisas (así se les llama a las personas originarias de dicha ciudad) son reconocidos en el país por su pujanza, emprendedores, chacharacheros, amigables y de fisionomía agradable; especialmente las mujeres, que son de pelo largo, cuerpos delgados, facciones delicadas, en fin, encantadoras.

Manuela tiene las características de una paisa, pues su padre lo era, aunque su madre sí era rola (Rolos, originarios de la capital de Colombia, Bogotá); sus padres, cuando eran jóvenes, decidieron huir de sus casas y fueron a parar a la ciudad de Pereira en la que nació, creció y vivió Manuela hasta sus 27 años; una ciudad, por así decirlo, hermana de los paisas, pues fue fundada por descendientes antioqueños, así que la ciudad para ella era familiar. Por eso, llegar a Medellín era como tocar el cielo con las manos, una gloria absoluta, cero tráfico (eso parecía, era enero); le dio tanta seguridad para salir por sus calles e irse familiarizando con su nuevo entorno, como si fuera por su casa, con la tranquilidad y confianza que la caracterizaban.

Ese primer fin de semana en Medellín, aun sin conocer a nadie, fue lo más agradable; un clima glorioso y un ambiente que la hacía sentir que recuperaba nuevamente su vida.

El primer día de trabajo, preguntó a la amiga de su madre cómo hacía para llegar a la oficina en transporte público; en su ciudad lo usaba a diario, así que Medellín debía ser igual de amigable. Así fue entonces como, confiada y con mucha seguridad, salió a tomar el transporte cerca de la casa; caminando elegante a las 7:30 am, confiada, con un maletín que le faltaba el letrero para decir: «Acá llevo un portátil»; pues sí, así fue como, de un momento a otro, sintió que alguien la seguía muy de cerca, y al voltear la mirada, tenía al individuo tomando el maletín para llevárselo. Manuela volteó en ese momento y logró tomar duro el maletín para no dejárselo arrebatar fácilmente, y así comenzó un forcejeo, y cuando menos pensó, giró su cabeza y vio arrimarse una moto con un tipo que decía: «¡Móntese!»; lo primero que pensó: «Un paisa misericordioso me está ayudando con el ladrón», y mientras ella forcejeaba con el ladrón, iba en dirección a la moto para montarse y huir del malo de la historia… ¡y adivinen! Esto solo le pasa al Chavo y a Manuela; el señor de la moto estaba era diciéndole al ladrón que se montara y no a ella, y solo lo supo hasta que el motociclista volvió a repetir: «¡Monte, Guev..ón!»; ahí ya se dio cuenta de que ese no era ella, al menos que la estuviera llamando así. El ladronzuelo, al ver que la valiente Manuela no soltaba el maletín, envió una de sus manos hacia el pantalón como si fuera a sacar un arma, y muy cordialmente dijo: «¡Suelte el maletín o la mato, hijue… ya sabemos de qué madre!»; ella sintió el peligro, eran dos contra una, más el arma que no era de menos, así que soltó el maletín; el ladrón subió a la moto con su compañero y huyeron de aquel encuentro.

Chicas, no importa en qué ciudad estén, siempre que eres nuevo hay que ser precavido; bien dice el dicho que una mujer precavida vale por dos, y Manuela, por no serlo, le valió un portátil, meses de trabajo, la cámara, el pasaporte con su hermosa y apreciada visa americana, pues todo esto era parte del equipaje de mano que aún llevaba en su maletín de portátil.

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