El título de este capítulo suena como esa serie de Estados Unidos que tenía Donald Trump, “You’re Fired”; llegó a popularizarse en algunos países de Latinoamérica (como siempre, queriendo copiar formatos de los estadounidenses, como si no tuviéramos imaginación). La historia que les voy a contar no es tan traumática como la de esta serie, pero sí llegó a afectar mucho a nuestra protagonista, Manuela, que aunque ya se lo veía venir, no pensó que fuera a suceder tan pronto, y a menos de dos meses de su matrimonio.
Manuela describe el despido como cuando un novio te echa, y cuando es sin justa causa, es igual que cuando te termina y te dice: no eres tú, soy yo; e internamente piensas: ¡pero qué dices, idiota! Así le pasó a Manuela; ella llevaba casi 8 años trabajando para dicha compañía, a la cual había dado los mejores años de su vida productiva; tú sabes, eso que cuando comienzas y lo das todo sin esperar mucho a cambio; así fueron los dos primeros años, donde lo entregó todo con un sueldo mínimo para su nivel profesional y experiencia laboral, pero no le importaba, pues creía que a mayor esfuerzo más rápido iría creciendo en la organización, pero su esperanza se fue marchitando cuando veía que todos a su alrededor crecían y avanzaban menos ella; y no solo en avances profesionales, sino también económicos, tanto que llegó a pensar que no era buena en lo que hacía, y al tercer año fue bajando su interés; aun así, siempre daba lo mejor, pero internamente se sentía menos valorada; su frecuente cuestionamiento era: ¿Será que no soy tan buena?, a lo que se contestaba con la opinión de sus jefes y compañeros: «Uy, Manuela, eres muy profesional; qué dicha tenerte para solucionar todo. Menos mal que estás aquí porque desde que llegaste no he podido tomar vacaciones». En fin, miles de comentarios de ese estilo la animaban a seguir y a no pensar que lo que pasaba era porque era una mala profesional; para ese año, solo se dedicó a pensar que su mala fortuna en la empresa se debía a que no era ingeniera, y en su empresa, al ingeniero y al comercial les pagaban mejor; al fin y al cabo, cualquier persona podía hacer un trabajo administrativo, eso pensaba ella.
Hasta que en el cuarto año, resignada, no con la empresa sino con su profesión, pensó que había elegido mal; ese año iba a quedar una vacante administrativa en un área más pequeña, y Manuela solo pensaba: «Pobre Carolina, debió renunciar con ese pago que le debían dar, si solo producía resultados negativos». Así que fue a hablar con Carolina y a desearle que le fuera muy bien en su nueva oportunidad, a lo cual Caro le respondió: «Manuela, ¿por qué no aplicas para mi cargo?» Manuela, indignada, le dijo: «¡No, qué tal! Debes ganar el mínimo y pues yo tengo la línea más grande y fuerte de la compañía.» A lo que Caro le contestó con una sonrisa: «Ay, Manuela, tú eres una de las directoras peor pagadas. Yo me estaba ganando cinco veces lo que tú te ganas, y todos lo saben. Hasta pena nos das porque tienes más responsabilidades que todas, eres la más organizada y juiciosa y tu línea es la que más rentabilidad da. Pero nadie te dice nada porque no quieren meterse en ese asunto, pero ahora que me voy, creo que es justo que lo sepas.» Cuando Carolina terminó de hablar, Manuela sintió que se le caía el mundo encima; vuelvo a comparar esta situación con las relaciones de pareja, es como cuando te dicen que te han engañado por casi 4 años y tú siempre dando lo mejor y pensando que estás con la persona correcta; eso le pasó a Manuela. Llegó a su casa y lo primero que hizo fue llorar como quien llora por un desamor; al terminar de llorar, se dijo: «Bueno, esto es como cuando la amiga te cuenta que has sido engañada. El hombre, por lo general, si no tienes pruebas, te lo va a negar hasta la muerte.» Así que Manuela dijo: «Antes de pelear por lo que me corresponde, voy a reunir pruebas.» Y al ser personal de confianza, como le llaman hoy en día, decidió ir directamente a gestión humana y solicitar el rango de sueldos de sus pares, y efectivamente, ella era la peor pagada, aun teniendo una mayor responsabilidad. Qué tristeza, pensó; pero con las pruebas, se fue directamente donde su jefe, quien negó conocer cómo pagaban a las demás directoras de la compañía, y a lo anterior, no le quedó más remedio que igualarle un poco el sueldo.
Pasaron así esos últimos 4 años, siempre con la sensación de que la engañaban, pues su carga laboral cada vez era mayor, y ¿Quién confía después de haber sido engañada? Aburrida y sin motivación, sus pensamientos se volvieron turbios; constantemente escuchaba a sus colegas quejarse de lo aburridos que estaban en la compañía, lo que la llevaba a llenarse también de ese negativismo (por eso es necesario que nos rodeemos de personas positivas); y así fue, cuando menos pensó, se convirtió en una de esas personas que cuando llegan a la oficina, solo esperan que sean las 5:30 p.m. para salir corriendo; y al llegar el lunes, su tormento era levantarse de la cama, y comenzó a repetirse: «Tengo que renunciar, tengo que buscar.» Pero cuando buscaba, llegaban oportunidades, pero nada se daba, siempre con un ancla que la hacía quedarse en la empresa, hasta que llegó el día del juicio final.
Temprano en la mañana, su jefe directo llegó a la oficina y la llamó; ella, sin sospechar lo que se venía, fue juiciosa con su computador, pues pensaba que iban a trabajar. Y así comenzó el discurso de despido: «Manuela, lo que te voy a decir es muy duro para mí, pero la organización ha estado dando resultados negativos (real pues ella los conocía), y estamos optimizando los recursos. Para este caso, vamos a tener que prescindir de ti; no vamos a contratar a nadie más, y tus funciones serán repartidas entre varios colegas.» Así sucesivamente se fue dando el discurso, y ella solo veía el movimiento de la boca de su jefe y comenzó a sentir que un escalofrío le bajaba por todo el cuerpo. Era lo que quería, pero a la vez no sabía si era así. Estaba a casi dos meses de casarse. ¿Qué iba a hacer? Con la situación de este país, ¿y ahora qué? Ese discurso interno se fue dando en su mente mientras comenzaba a llorar. No sabía si era porque era la primera vez que la despedían de un trabajo, si era porque, a pesar de todo, le había cogido cariño a la compañía, si era por los amigos que dejaba, si era la angustia ahora que se iba a casar. ¿Cómo iba a hacer? En fin, fueron miles de interrogantes a los cuales, por lo angustiada, no encontraba explicación.
Hoy Manuela se ríe de todo lo anterior, tiene su propia empresa, todo un caso de éxito. Dedica su tiempo a ella misma, a su familia y amigos. Le quedó como lección tener cuidado con lo que deseaba, pues los deseos tarde o temprano se cumplen. Aunque para ella este deseo fue el empujón que necesitaba para lograr esa felicidad y lograr ser la emprendedora que siempre anheló ser.
Genial! No conocía la historia real de Manuela. Pero me siento bastante identificada. A veces necesitamos ese empujón para salir adelante y lograr nuestros sueños. Gracias por compartir esta historia…
Gracias a ti Maura, en ocasiones no sabemos las historias de nuestros colegas, y cuando las escuchamos nos damos cuenta que todos siempre tenemos algo a dentro que no nos deja en paz hasta que logramos escapar de esa realidad!