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La llamo la familia “feliz”, con “feliz” entre comillas, porque si fuéramos todo lo que publicamos en las redes sociales, no tendríamos de qué preocuparnos. En ellas, todos somos felices, no tenemos problemas, comemos y vestimos de lo mejor. Pero detrás de todo esto se encuentra una gran fachada que tratamos de disimular con mensajes profundos y frases conmovedoras. Como ya lo he dicho en varios de mis escritos, mal no está, porque para publicar penas ya tenemos a los noticieros, que el amarillismo se apoderó de ellos y solo vemos muertes, masacres, corrupción, y todo sigue como si nada, como si eso ya fuera paisaje y normal para la humanidad.

Está en la historia de una de mis mejores amigas, diría que hermana del alma. Siempre muy unidas, como distanciadas cuando nos enojamos, pero siempre ahí. Cuando nos graduamos del colegio, todos nos distanciamos y nos enteramos de muchas cosas gracias a las redes sociales. “Ve, mira, julanita se casó”; “¿viste que ya tuvo bebé?”, en fin, ese es el continuo combustible de consumo que nos dejaron los creadores de Facebook, Instagram, TikTok, en fin. Porque es un vicio que nos consume horas y horas frente a una pantalla, girando con un mismo dedo, que ya nos está trayendo enfermedades musculares, pues su único movimiento es de arriba abajo o de un lado al otro.

Yo veía a mi amiga en sus redes como la familia “feliz”, un esposo muy bizcocho y dos hijos hermosos, salidos como de una película, o mejor dicho, de pura propaganda de J&J, donde los bebés son rubios, blancos, de ojos claros y sonrisas perfectas. Y yo, con mi vida amorosa destrozada, pues había pasado por miles de noviazgos que ya creía que tenía una fundación de rehabilitadores de gamines, pues fui a parar con más de un gamín. Así que veía sus fotos y mi corazón latía por la felicidad de mi amiga, y yo solo pensaba, como cuando ves una foto de revista y dices: “yo quiero eso mismo para mí”, porque deseo ser igual de feliz.

Hasta que nos volvimos a reencontrar, yo finalmente encontré a ese príncipe azul con el cual siempre soñé y planeé mi boda soñada, y por supuesto, el reencuentro con mis mejores amigas. Así fue como me enteré de la realidad del matrimonio de mi mejor amiga. Su matrimonio no era tan feliz como se veía; su esposo era un maltratador psicológico que la hacía sentir inferior, pues él se consideraba muy inteligente y ella no le llegaba a los tobillos, según él. Por lo cual, siempre hubo un maltrato de humillación, de un “tú sin mí no eres nadie”, algo que cala mucho en una persona, y más cuando su pasado ha estado marcado por comentarios que en alguna ocasión la hicieron sentir menos inteligente. Pues, aunque no fue la más brillante de su clase, era brillante en otras cosas. Adicionalmente, su esposo no solo la maltrataba de esta manera, sino que la engañaba, y no fue una sola vez; fueron variaslas veces que mi amiga comprobó su infidelidad, algo que iba marchitando su luz día a día. Pero ante las fotos, solo queda sonreír, poner todo en manos de Dios y pensar qué puede uno hacer cuando la familia y la sociedad en ocasiones juzga mal a una mujer separada, y lo peor, no conocen lo que hay detrás de cada matrimonio.

Esta historia nos deja muchas enseñanzas, pero la principal es que, en ocasiones, anhelamos al otro lado de la pantalla la felicidad, dinero, viajes, en fin, lujos de otros, sin conocer qué hay detrás de cada historia. Puedes anhelar la casa de tu vecino y estar endeudado hasta los dientes, el viaje de tu amigo, y no saber el sacrificio que tuvo que hacer para lograrlo, o el matrimonio de tu mejor amiga, pero sin saber que detrás de esa sonrisa hay una inmensa tristeza, una historia de dolor y maltrato. Por eso, vive tu vida feliz, desea cosas, anhela crecer o el amor, pero siempre asegúrate de conseguir lo mejor para ti y no para mostrar a los demás.

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