Como dice la canción de Selena, «Como una flor, se marchitó»; esta es la historia de Caro; cuando hacemos referencia a la flor, hablamos de su primer amor.
Esos primeros amores que uno sueña cuando es adolescente, que crees que son como de película, muchas veces idealizamos el amor por culpa de las redes sociales, donde solo vemos parejas y relaciones perfectas, o en películas con romances increíbles, y de la misma manera, imaginamos que así será nuestro primer amor. Hay quienes tienen la fortuna de encontrar un primer amor bonito, pero otras no tanto. Por eso, desde pequeños debemos enseñarles a nuestros hijos sobre ese primer amor. ¿Y cuál es? El amor propio. Ese es el primer amor que debes tener contigo mismo.
Las relaciones no se enseñan solo con palabras, sino con el ejemplo, como leí alguna vez en uno de los libros de Marian Rojas Estapé, donde indica que lo primero que aprendemos como amor es ese amor que vemos en casa, de cómo era papá con mamá, e inconscientemente lo incorporamos a nosotros como el verdadero amor. Por eso, ¡ojo, padres! Analicen cómo son ustedes como esposos, no como padres, que es diferente. Conozco padres maravillosos, pero como esposos dejan mucho que desear. Recuerden que, como traten y respeten a su pareja, de esa manera sus hijos entenderán eso como amor. Por eso soy tan partidaria del karma, pues la vida, por lo general, nos duele más cuando vemos sufrir a nuestros hijos. Y ese sufrimiento, muy posiblemente (sin decir que así sea), tiene algo que ver con lo que les enseñaste: a no sentirse merecidos y a aceptar, en ocasiones, migajas de amor, porque eso fue lo que vieron en sus padres.
Caro solo vio migajas de amor de su padre hacia su madre; también vio engaños ocultos y una madre que callaba ante la infidelidad. Eso sí, su padre era lo mejor, la amaba inmensamente, daba la vida por ella. Pero en cuanto a su madre, en alguna ocasión la amó, pero luego, alguien entró en la relación, y aunque él no dejaba a su mujer, la engañaba en cuerpo y alma con otra.
Al hacerse adolescente, Caro quería amar y ser amada. Estaba en esa etapa en la que chicos y chicas empiezan a interesarse unos por los otros, y ella se fijó en uno de los chicos más lindos y populares, el cual también puso su mirada en ella al verla tan joven y radiante. Ella era virgen a sus 16 años y tenía el vago concepto de que a esa edad debía perder su virginidad, pues casi todas sus amigas ya habían estado con algún chico. Ella, sin entender lo importante que es esa decisión, solo pensando en el momento en que debía llegar y no midió las consecuencias.
Lo único que tenía claro de una relación sexual era que debía protegerse para evitar una enfermedad o un embarazo no deseado, pero no sabía nada más: de lo que entregas, de tu amor propio, de lo importante de hacerlo con conciencia y amor. Solo pensó en el momento, y ese momento llegó. No fue como lo soñó, como se lo mostraron en las películas; no fue nada de eso. Además, no tenía con quién hablarlo: su madre era muy conservadora y su padre la podía matar, y sus amigas hablaban de temas que eran desconocidos para ella. Ella creía estar enamorada de él, pues su ideal era casarse con ese hombre que la amaba por primera vez, a quien ella entregó su virginidad. Pero la dicha no duró mucho; él simplemente decía que ella era «muy rogada», que él deseaba más, pero ella no sabía qué más dar.
Finalmente, él la dejó. Nunca le dijo por qué, ella solo pensaba que no era suficiente, que quizás a él no le había gustado su cuerpo o que no lo había disfrutado, aunque ella tampoco. Luego comenzó la angustia de que la utilizó, de qué iba a hacer si otro hombre que ella amara se daba cuenta de que no era virgen. En fin, miles de incógnitas, dudas y miedos nublaron su capacidad de ver, de discernir, y se fue marchitando, así como una flor. Nadie lo vio venir; estaba más delgada y pálida, su vida parecía que pasaba por una tormenta, no tenía con quién hablarlo. Un día pudo llegar a una persona que la orientó, la escuchó sin juzgar y la ayudó, pudo salir de ese miedo y angustia que sentía al no encontrar respuesta de lo que pasaba y creer que ella era la culpable de que su relación no funcionara.
Por eso, al inicio hago una reflexión a los padres con sus hijos: la orientación, el amor y el respeto se enseñan desde el ejemplo. El diálogo es también un camino para enseñar. Hoy, Caro tuvo la ventaja de encontrar a alguien que la ayudara, pero son tantos los jóvenes que hoy en día se deprimen, se pierden en el verdadero significado del amor, que sus historias acaban de una manera muy diferente. Hay muchas Carolinas en el mundo. Por eso, nuestra sociedad está tan inmersa en mostrar y aparentar lo que no somos, buscando evitar cualquier juicio que no sea el propio.