Las sociedades son como el matrimonio; en ocasiones sabes o conoces con quién te casas, pero lo terminas de conocer en el divorcio.
Les voy a contar mi historia personal. Siempre he sido una persona trabajadora, me he caracterizado porque siempre ejecuto mis planes de trabajo. Por eso, algún día decidí ser empresaria. Sin embargo, así como soy buena ejecutando, no soy tan buena negociando y confío en exceso en la gente. Eso me llevó a que una persona me recomendara asociarme con alguien que conocía, pero no lo suficiente y para dar equilibrio a la sociedad opté por una segunda otra persona que conocía un poco más; asi seriamos tres en la sociedad.
Esta persona, a quien no conocía lo suficiente, me fue vendida como el aporte grande debido a su posición laboral en la sociedad, y se creía que su influencia haría que todo fluyera mejor trayéndonos clientes. En cambio, la otra persona, que conocía más, sabía que su aporte era principalmente de capital. Así, uno de los socios era influyente, el otro capitalista, y yo aportaba el know-how. Sin embargo, cuando conformamos la sociedad, acordamos que ese 33% de aporte de capital sería igual para cada uno. Mi desconocimiento en la creación de sociedades me llevó a no valorar mi know-how y a dejarme engañar con la idea de que solo los socios capitalistas son los que cuentan. En fin, otros argumentaron que mi conocimiento no debería contar, pero aquellos que entienden la importancia del know-how y la ejecución en un proyecto saben que sin eso, por más dinero que tengas, no tienes nada.
El primer año de la sociedad fue la construcción de todo el proyecto, lo cual me llevó a sacrificar tiempo para mí y para mi familia. Pasaba mi tiempo entre el trabajo de ese momento y el proyecto para poder aportar dinero a la sociedad, por lo que no podía dejar mi trabajo anterior.
La burocracia y la tramitología en mi país, sumadas a mi desconocimiento, hicieron que un proyecto que debía comenzar en menos de 8 meses se llevara casi un año en arrancar. Esto me llevó a descapitalizarme, pero lo más duro para mí fue la frustración de tener que sacar dinero y endeudarme, mientras que el socio influyente solo recalcaba que no aportaría hasta que yo no lo hiciera. El otro socio capitalista no le daba importancia, y por eso me apoyó entregando sus aportes antes para darme un respiro.
Mis días de angustia, estrés laboral y económico me llevaron a pensar en alguna ocasión en quitarme la vida. Me da pena decirlo, pero también me da alivio. Pensar que alguna vez, conduciendo por la carretera, con el agobio de las deudas y sin saber qué hacer, iba a lanzar mi carro a un abismo para olvidarlo todo. Pero mi luz era una pequeña niña que, todas las noches, sin saber mis pensamientos, acariciaba mi cara y me decía «mamá, te amo». Solo con pensarlo, mis ojos se aguaban. Parqueaba el carro en una esquina, gritaba, lloraba y hasta me daba cachetadas para sacar esos pensamientos de mi cabeza.
Al final, el negocio comenzó a funcionar y tuvo un buen comienzo para pagar los préstamos que habíamos dado los socios para los gastos operativos (nóminas, arriendo, servicios, impuestos, etc.). Mientras que a mis socios les empezó a dar para disfrutar, a mí me empezó a dar para pagar. Pero bueno, lo importante era salir de las deudas rápido.
Cuando el boom inicial estuvimos al flote un buen tiempo, siempre pensé que el socio influyente movería sus influencias y contactos para las ventas mejoraran. Sin embargo, su miedo a no querer hacer mucho ruido con el negocio y su posición (o eso decía), hizo que no buscara nada para hacer que el negocio creciera más.
Aquí es donde entra en juego el valor personal y el no callarse las cosas. En cada reunión, su comentario hacia mí era: «Usted hace el trabajo porque es la más desocupada». Eso me lo iba tragando, pues nunca fui la más desocupada. Como dije al principio, sacrifiqué mi tiempo en familia y para mí.
Luego propuse en la sociedad contratarme por un salario muy por debajo del que tenía habitualmente. Pero no me importaba porque quería recuperar a mi hija y estar más cerca de ella. Así que comencé a sacrificar dinero por tiempo. Aunque estaba más apretada que antes, sentía menos estrés laboral. Igualmente, por fuera estaba haciendo el trabajo de la sociedad además del mío normal. Pero en ocasiones, cuando las ventas bajaban, el comentario de este socio influyente era: «Usted se tiene que pagar». Este tipo de cosas se fueron guardando en el baúl de la inconformidad y la resignación. Algo que uno no debe permitir que ocurra. Las cosas se deben decir en el momento que se sienten, porque llega el día, como me pasó a mí, que explotas como una olla a presión y sueltas toda esa rabia y frustración.
¿Qué pasó? Hoy existe una sociedad que aún permanece, pero no crece. Es como un hijo; no lo entregas ni regalas a nadie, por más peleas que tengas con tu pareja. Pero también pienso que es energía, y esa energía no ha dejado que el negocio fluya como debería. No puedo decir que debí elegir bien, porque eso ya pasó. A lo hecho, pecho. Pero me dejó un gran aprendizaje a la hora de elegir con quién hacer una sociedad.