Nunca subestimes el poder de encanto de una mujer cuando sobrepasa los 30, no se ha casado, no tiene hijos ni un prospecto de novio.
Camila está en esa etapa de la vida donde ya reconoce que es mejor no buscar el amor; espera con paciencia y acepta lo que la vida le va poniendo en el camino; quizás muchos no vayan a ser el futuro esposo o padre de sus hijos, ella sabe que es mejor no llenarse de expectativas.
Uno nunca sabe lo que te va a traer la vida, y menos un sábado en la mañana cuando Camila va de shopping, parquea el carro y sale como de costumbre un simpático “cuidador de carros”, para echarle ojito con el resto de los que estaban parqueados en la acera. Al terminar, sale aquel simpático personaje que le cuida el carro y le echa un par de piropos, diciendo: ¡Llámame! ;)… Obvio que Camila no lo iba a llamar, pues no tenía su número y aunque lo tuviera tampoco lo haría, y por supuesto no le daría el suyo; subió al carro, dio la propina y arrancó con su risa de… ¿Qué habrá pensado este tipo… jajajaja?
Continúa su ruta de compras, parquea y en esta ocasión no hay quien le cuide el carro; al regresar nota algo extraño que no había notado antes en su parabrisas, el primer pensamiento ¿Quién me habrá chocado? Al bajarse y tomar el papel ve un número celular sin nombre y escrito como por un niño de primaria que está aprendiendo a escribir; ¿Quién me habrá puesto este número? El carro está en perfectas condiciones, y al hacer memoria recuerda la picada de ojo de hace unos minutos atrás del que cuidó su carro, y entiende por qué dijo: ¡Llámame… jajajajaja! Es increíble; con esto se concluye que no importa la posición social, todos tenemos derecho a soñar; y aunque sea, para subir el ánimo, un piropo al año no hace daño.