Roberto, un hombre independiente y extrovertido, guapo y galán, siempre hacía alarde de su buen gusto, dinero y buena apariencia. Conoció a Juanita, tímida e introvertida, perfecta para él, pues nunca le quitaría protagonismo a su persona.
Cuando Roberto conoció a Juanita, apenas la notó, la veía muy normal para su gusto, pero su belleza oculta le causó una gran admiración, especialmente por su acento y personalidad, tan distintos a los de las mujeres de su país. Ella era venezolana y él chileno; ambos se conocieron en Chile, donde ella fue trasladada por motivos laborales, dada la escasez de oportunidades en su maravilloso país. Juanita pasaba mucho tiempo sola y comenzó a despertar envidias entre sus compañeras de trabajo, quienes murmuraban en los pasillos al verla pasar con tono envidioso: «No es tan bonita, la fama es solo por las reinas, ¿Pero es que solo sabe sonreír?». En fin, miles de comentarios que las mujeres sabemos hacer para menospreciar lo que tanto nos intimida: una mujer que llama la atención sin pretenderlo. Eso era lo que pasaba con Juanita. Solo una persona, Saskia, una chica chilena que no veía a Juanita como rival, la invitó a salir, y fue así como Juanita conoció a Roberto gracias a Saskia. Desde que lo vio, Juanita se sintió atraída por él, pues irradiaba seguridad y confianza en sí mismo, algo que ella no tenía y admiraba en los demás. Toda la noche lo admiró, observando cómo hablaba y reía, y él no pudo disimular su atracción al escuchar las historias de Juanita. Así fue como ambos se enredaron.
Rápidamente comenzaron a salir y, como adultos, ocurrió lo que siempre sucede cuando dos personas se gustan. Sin embargo, los días y las noches seguían pasando, y Roberto nunca le dijo a Juanita si quería algo serio. Por su parte, ella esperaba que él lo hiciera, buscando que sus salidas no fueran solo a solas, sino que la invitara a conocer a sus amigos y, quizás algún día, a su familia.
Juanita se enamoraba cada vez más, lo que permitió que Roberto se aprovechara de la situación y comenzara a alejarse. Los fines de semana se iba con sus amigos sin invitarla. A veces sentía la tentación de ponerle fin a la relación, pero su amor por él era más grande que ella misma, permitiéndole que entrara y saliera de su apartamento a su antojo. Un día, no pudo aguantar más y le dijo: «Roberto, ¿Qué somos tú y yo? Quiero saber qué puedo esperar de ti». Él respondió con su risita encantadora: «Pues nada, Juanita, somos amigos con derechos». Ella se sonrojó y se enojó: «¿Cómo puedes decirlo así? Ya llevamos más de tres meses saliendo y pensé que éramos algo más que eso. Te considero mi pareja, por eso te respeto y no salgo con nadie más». Él respondió: «Puedes hacerlo. ¡Anda y sal!». Estaba seguro, porque sabía que ella no conocía a nadie más y que no sería tan fácil hacer nuevos amigos.
Afortunadamente, Juanita era muy lista y destacaba en su trabajo. Meses después, surgió una vacante en la empresa en otro país, y ella se postuló y quedó seleccionada, sin decirle nada a Roberto. Él seguía igual, sin pedir ni decir nada más. Cuando llegó el día de partir, Juanita le dijo: «Bueno, Roberto, esto es un adiós». Él preguntó: «¿Qué pasa? ¿Estás poniendo fin a nuestros servicios?» y se rio. «Sí y no. Me voy», respondió ella. La actitud de Roberto cambió: «¿A dónde te vas?». Ella contestó: «Me voy a México. Me postulé para una vacante y fui seleccionada. Mañana a las 8 a. m. sale mi avión». Sintió alivio, pensando que él también lo sentiría. Sin embargo, cuando lo miró a los ojos, estaban llenos de lágrimas, y él dijo: «No puedes dejarme, no te puedes ir. Te amo y quiero tenerte a mi lado. Si quieres, nos casamos. Mañana te presento a mis padres. Eres lo mejor que me ha pasado». Dijo un millón de cosas que nunca había mencionado cuando ella estuvo a su lado, cosas que nunca había conocido ni supo de él, y todo lo que llevaba en su corazón. Cuando terminó de hablar y llorar, Juanita se levantó y se fue sin mirar atrás. Él se quedó con el corazón roto.
Por eso, recuerden, no se confíen ni se aprovechen de un amor que siempre está presente, porque si no hacen el mínimo esfuerzo por demostrar su amor, ese amor se puede ir.