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Si te contara la historia de Camila, popularmente llamada «la maicera» (mujer vulgar que habla de sus atributos a los hombres e insinúa constantemente); entre las personas que la odiaban, que pocas no eran, su apodo no era en vano. Siempre andaba por la oficina mostrándole a los hombres lo sexy que era, alabándose a sí misma por estar tan buena, siempre vistiendo ropa apretada y algo insinuante.

Camila era una persona llena de envidias, aunque mostrara todo lo contrario. Solía decir que la envidiaban y, aprovechándose de eso, se acercó a Laura, una niña diferente a ella, muy sencilla, linda y sin mucho interés en resaltar. Laura era nueva en la ciudad, no conocía a mucha gente y mucho menos las intenciones de Camila; pensó que esta le ofrecía su amistad desinteresadamente y le abrió las puertas de su casa.

Camila decía muchas locuras, pero a Laura siempre le parecía graciosa, pensaba que su vanidad era una broma y no porque se lo creyera. Cuando la escuchaba hablar con rabia, nunca la malinterpretó ni la juzgó, siempre pensó que era una persona sola, pues no vivía con su familia y nunca le escuchó decir nada especial ni cercano sobre sus seres queridos. Laura solo pensaba que Camila no tenía la suerte de contar con una familia grande y unida, por eso la adoptó, pues Laura también estaba sola; su familia vivía en otra ciudad y sabía lo duro que era vivir lejos de casa y sin nadie cercano.

Un día, de la nada, Camila comenzó, textualmente, como una maicera, a decirle a Laura que las mujeres de su región eran unas %$%#. Laura se quedó callada y esperó a que terminara. Cuando lo anterior pasó, Laura le preguntó a Camila por qué sentía tanta ira y hacía comentarios así, considerando que ella, hasta entonces, su única amiga cercana, era de dicha ciudad. Camila respondió: «Es que el papá de una amiga se separó de su mamá por una mujer de tu ciudad». Laura, al escucharla, le dijo: «Camila, conozco separaciones por mujeres de todas partes del mundo, y por una persona de mi ciudad, no puedes decir que todas son iguales». Camila guardó silencio y se fue.

El comportamiento de Camila comenzó a ser extraño para Laura. Siempre hablaba de su amante con el cual, como decía ella, se revolcaba. A Laura solo le parecía chistoso y no prestaba mayor atención, pero cada vez le parecía más curiosos sus comentarios sobre el género masculino. Siempre hablaba sobre el tamaño de sus miembros, sobre lo mucho que le gustaba estar con hombres de color por aquello del mito (no sé si sepan el mito, que es mucho más grande del promedio). Todas estas apreciaciones las fue analizando Laura, por lo que cada vez se alejaba disimuladamente de ella sin querer provocarle rabia, pues ya la había conocido endiablada.

Un día, Camila le dijo a Laura que le quería confesar algo; su confesión era que un hombre de la oficina había intentado violarla en un evento de la compañía. Laura quedó asombrada porque Pablo, así se llamaba el compañero, era casado y con dos hijos; y nunca había notado en él formas de agresión o indebidas con ninguna de las compañeras de trabajo. Laura le preguntó cómo había pasado y por qué no lo había denunciado a la policía o al departamento de recursos humanos para que lo despidieran. Camila, dando una explicación vaga, solo dijo que el motivo era que él le había pedido perdón; pero a Laura eso le parecía inconcebible y algo extraño.

Laura puede ser inocente, pero eso no implica que sea boba, así que decidió hablar con Pablo para preguntarle qué había pasado; pero no lo iba a abordar así de la nada. Aprovechó que Pablo había conseguido otro trabajo y se iba no solo de la compañía sino de la ciudad, así que Laura le dijo: «Pablo, ya sé por qué te vas. Camila me lo ha contado todo, y me parece el colmo que hayas hecho eso. Tú, un hombre querido por sus compañeros y con una hermosa familia». Pablo no pudo aguantar su pena e inmediatamente se puso rojo y dijo: «Laura, tienes toda la razón. Yo nunca debí engañar a mi familia». Así comenzó su confesión sin saber qué era lo que Laura sabía.

Esa noche, en el evento de la compañía, cuando todos nos fuimos a dormir al hotel, Camila llegó borracha a mi habitación y pasó lo que nunca debió pasar. Los dos fuimos víctimas del deseo y el alcohol. Pensé que solo sería esa noche, pero ella me siguió buscando y yo no me pude contener. Todo esto se convirtió en una obsesión y comenzó a buscar. Llegó a ir a mi casa e hizo un escándalo afuera del edificio. Gracias a Dios, mi esposa e hijos no estaban. Por eso comencé a buscar un nuevo trabajo fuera de la ciudad, pues su locura había llegado al borde de decir que la engañó también contigo.

Cuando terminó, Laura solo palideció. No se imaginó que se iba a encontrar con semejante confesión. Pero, ¿a qué horas pasó todo esto?, ¿aquí qué pasó?, se preguntaba, mientras escuchaba todo lo que Pablo le confesaba. No sabía qué pensar. Todo ese tiempo fue amiga de una persona con una inestabilidad emocional. Ya entendía por qué sus rabias e insultos cuando menos lo pensaba sobre las mujeres de su ciudad. Ella misma se había fabricado una fantasía.

Ahora, ¿Cómo evitarla sabiendo que estaba en la misma empresa? Laura le tenía pavor. Solo pensaba: «¿Qué tal que le dé la locura y la coja conmigo también?». Así que, por miedo a enfrentarla, le escribió un mensaje que decía: «Camila, hablé con Pablo y ya sé toda la verdad. Solo te pido que te alejes de mí, no quiero problemas, y descuida, no hay nada que hablar». A lo que Camila respondió: Laura, qué terrible eres, cómo te metes con hombres casados. Laura leyó y no pudo contener su miedo. Haber dado con una persona capaz de mentir y llevar las cosas a esos extremos la hizo sentir vulnerable. Por fortuna para Laura, Camila estuvo solo dos semanas más en la compañía. Siempre pasaba por su lado mirándola con odio, como si la quisiera matar, y Laura, con su miedo, agachaba la cabeza pensando: «¿Qué tal que lo haga?».

Pero como todo en la vida, hay una ley de la compensación, y Dios no se queda con nada. Camila fue despedida, y después de muchos años, se volvió a saber de ella. Andaba en un manicomio, víctima de su propia obsesión y locura. Por su lado, Laura pudo desmentir con su buen comportamiento lo que Camila había dicho de ella.

Por eso, cuidado con las personas a las que les abres las puertas. Recuerden a sus madres cuando dicen: «Esa niña no me gusta», ellas nunca se equivocan. Hay personas que, en lugar de hacernos bien, nos reducen y producen mal.

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